Presidente Santos clausuró el 85 Congreso Cafetero

 

En Manizales se realizó el último certamen cafetero que presidirá el primer mandatario quien deja el cargo el año próximo. 

Palabras del mandatario de los colombianos en el acto de clausura:

«Hay una frase popular que muchos de ustedes han escuchado o han pronunciado, que dice: “la vida te va poniendo en el lugar donde debes estar”.

Hace 45 años la vida decidió que mi primer trabajo fuera en la Federación Nacional de Cafeteros, en el Área de Comunicaciones y Relaciones Públicas.

Hace esos años la vida me puso aquí, en Chinchiná, Caldas, como organizador de la inauguración de la maravillosa planta de café liofilizado… Y hoy me da la oportunidad de despedirme de este Congreso –como Presidente de la República–, en el mismo departamento donde me enamoré del café.

Y pensando en esa coincidencia, me pregunté por qué la vida sabe dónde y en qué momento debe estar uno presente.

Yo creo que es porque en ese lugar y en ese tiempo, podemos ser útiles, aportar y encontrarle sentido a muchas de nuestras presentes y futuras acciones.

De los 90 años de existencia de la Federación, yo he estado vinculado a ella –de una u otra forma– desde hace 45; es decir, durante la mitad de su existencia institucional.

En momentos en que el sector cafetero ha estado en dificultades, la vida me ha puesto en cargos donde, dentro de mis posibilidades y competencias, le he podido ayudar a salir adelante y a quedar, inclusive, mejor que antes.

Y lo mucho o poco que he hecho, lo he hecho consciente –como me lo transmitió don Arturo Gómez Jaramillo– de que la esencia de nuestra nación pasa fundamentalmente por la caficultura.

En la misma década de los setenta, cuando los cultivadores colombianos necesitaban quién los defendiera en el Pacto Cafetero, fui enviado a Londres por don Arturo Gómez como representante permanente de la Federación ante la Organización Internacional del Café.

Durante casi 10 años los defendí en ese pacto que es historia, pero que trajo inmensos beneficios a la caficultura y al país.

Luego, cuando el sector cafetero estaba en su peor crisis porque los precios internacionales bajaron a niveles de 45 centavos de dólar la libra, pude apoyarlo como Ministro de Hacienda.

Ustedes bien saben lo que logramos con el Apoyo Gubernamental a la Caficultura, el llamado AGC, un alivio directo de la Nación a los caficultores –el primero desde los tiempos de don Esteban Jaramillo– que representó asignaciones del Presupuesto Nacional por 450 mil millones de pesos (a pesos de hoy).

Además, recordarán el trabajo con las autoridades cafeteras para defender las finanzas del Fondo Nacional del Café y lo que logramos con la Comisión de Ajuste que produjo el legendario ´Libro Verde´.

Después, para recuperar la seguridad en la región cafetera, siendo Ministro de Defensa puse en marcha la política ‘Eje Seguro’, y redujimos al máximo el secuestro y el terrorismo.

Y en el año 2010, cuando el sector pasaba nuevamente por tiempos muy difíciles, Dios, la vida y el pueblo colombiano me dieron la oportunidad de ser el Presidente de la República y de darle, desde ahí, otra mano.

Los precios internacionales estaban por el suelo y la productividad de los cultivos también, por enfermedades, envejecimiento y el peor fenómeno de La Niña de nuestra historia.

Entre el 2012 y el 2013 cayeron aún más los precios internacionales y, como si fuera poco, en el 2016 nos golpeó el peor fenómeno de El Niño.

Pero ahí el gremio cafetero tenía Presidente y ese Presidente supo responder.

Las dificultades que tuvimos las convertimos en oportunidades para mejorar el sector. Y no podíamos tomar un camino diferente si precisamente lo que caracteriza al cafetero es su lucha y capacidad de superación.

Me siento orgulloso de haber sido actor y testigo de excepción de la transformación de nuestra caficultura y de su adaptación a un nuevo entorno internacional, en los últimos 45 años.

Ha habido durante este tiempo una recomposición geográfica muy importante.

En 1972 tres cuartas partes del café se producía en el Eje Cafetero Tradicional, es decir, en Antioquia, en el Viejo Caldas, en el Valle del Cauca y en Tolima.

Hoy, por ejemplo, cerca de la mitad del café se produce en el sur del país –en Huila, Tolima, Cauca y Nariño–, al tiempo que Huila se convirtió en el principal productor del país con cerca del 18 por ciento del total.

Gracias a esta migración llegaron los cafés de altura del Cauca y de Nariño, que tanto reconocimiento y apetito tienen en el mercado mundial.

Esto no quiere decir que los departamentos del Eje Cafetero Tradicional no siguen siendo fundamentales para la actividad, pues responden por el 40 por ciento de la producción nacional.
Caldas, por ejemplo, se destaca con cerca del 9 por ciento y ha sido líder en tecnificación y productividad.

Además no se nos puede olvidar que el Paisaje Cultural Cafetero fue declarado por la Unesco ‘Patrimonio Cultural de la Humanidad’; destacando la calidad del café, su cultura, y el valor de los cafeteros.

En el norte del país se consolidó la caficultura bajo sombrío de forma predominante.

Allá se producen cafés de alta calidad en condiciones especiales de sostenibilidad ambiental, que han generado oportunidades en mercados internacionales de productos orgánicos, en especial los producidos, por ejemplo, en nuestra hermosa Sierra Nevada.

Entonces, dos cosas podemos resaltar de estos avances.

Por un lado, sin descuidar la calidad de nuestro café, hemos podido diversificar nuestra oferta de sabores y aromas para atender un mercado cada vez más sofisticado y heterogéneo.

Y por otro lado, hemos podido vincular a una actividad lícita, rentable y sostenible a cientos de miles de familias campesinas que hoy viven del café en 23 departamentos, y que dinamizan las economías de más de 500 municipios.

Recuerdo que a inicios de la década de los setenta la caficultura era una actividad, en su mayoría, de medianos productores. Había cerca de 300 mil fincas cafeteras con una extensión promedio de 15 hectáreas, de las cuales 3,5 estaban en café.

Hoy en día es una actividad en su inmensa mayoría de pequeños productores.

Hay cerca de 550 mil pequeños productores y 666 mil fincas cafeteras con 4 hectáreas en promedio, de las cuales 1,4 están sembradas de café.

También recuerdo que hace 45 años la tecnificación era muy baja, tan solo 1 de cada 3 cafetales estaba tecnificado.

Con el programa de renovación de cafetales que impulsamos desde el principio del gobierno, logramos un cambio verdaderamente estructural en la caficultura.
Hemos otorgado cerca de 600 mil millones de pesos a través del Incentivo a la Capitalización Rural, para más de 275 mil proyectos de renovación y tecnificación. El 97 por ciento lo hemos dirigido a los pequeños productores.

Y gracias a ese mismo Incentivo, para sentar las bases de la caficultura del futuro, invertimos 1,7 billones de pesos en modernización del parque cafetero.

Finagro, por su parte, ha canalizado créditos adicionales por 1,8 billones de pesos para financiar otras inversiones en el sector.

Como resultado, hoy el 97 por ciento de la caficultura se encuentra tecnificada, y 4 de cada 5 cafetales son tecnificados jóvenes con alta productividad.

La roya es una de las enfermedades que más asusta al caficultor.

En 1972 el centro de investigación Cenicafé apenas iniciaba el desarrollo de variedades resistentes a la roya del cafeto y nuestra caficultura era totalmente vulnerable.

Hoy en día, también gracias a lo hecho en estos últimos años, 3 de cada 4 cafetales están en variedades resistentes a la roya; un cambio sustancial si recordamos que, en el 2009, el 70 por ciento de los árboles eran susceptibles a esta enfermedad.

Me gusta repetir que “lo que es bueno para el café, es bueno para Colombia”.

Cuando llegué a la Federación, el café era fundamental en la economía.

En ese tiempo representaba poco más de la mitad –un 54 por ciento– del valor de las exportaciones totales y un 75 por ciento de las exportaciones agropecuarias.

En la actualidad las cifras son muy diferentes: el café representa el 7 por ciento del valor de las exportaciones totales y el 34 por ciento de las agropecuarias.

Esa pérdida de participación se explica porque los demás sectores crecieron, lo cual es natural y sano en el desarrollo del país.

Pero no cabe duda de que la caficultura sigue siendo fundamental para nuestra economía, para el PIB y el empleo agrícola y, en general, para el país, por su aporte al tejido social y de bienestar.

Comparando el tercer trimestre de este año con el mismo periodo del año pasado, el PIB cafetero creció 21,2 por ciento y el PIB agrícola creció 7,1 por ciento gracias, precisamente, a una contribución del café del 36,1 por ciento.

Desde el 2010, en mi primer discurso como Presidente en este congreso, les dije que “íbamos a hacer del café un gran impulsor de nuestra locomotora agrícola y a crear más prosperidad en las zonas cafeteras”. Las cifras indican que cumplimos.

Esos dos objetivos los incluimos en el Acuerdo por la Prosperidad Cafetera que firmamos a pocos días de haberme posesionado en el 2010, para recuperar e incrementar la producción y mejorar la vida de los cafeteros y la población rural en general.

Logramos renovar 700 mil hectáreas de café –un poco más de dos de cada tres–, y la productividad casi se duplicó al pasar de 10 sacos por hectáreas en 2009, a 19 sacos hoy.

En el 2016 tuvimos una cosecha histórica de 14,2 millones de sacos, con un valor también record por encima de los 7 billones de pesos.

Este año cerró el año cafetero –que es del 1 octubre al 30 septiembre– en 14,6 millones de sacos y completamos el tercer año consecutivo por encima de los 14 millones.

El valor de la cosecha ascendió a los 8 billones de pesos y, como dijo Roberto Vélez en una entrevista, “aunque en el año civil puede estar un poco más baja, de todas maneras es casi 1 billón de pesos más que en el 2016”.

Para lograr esa positiva reactivación se necesitaban recursos, y hoy me siento orgulloso de poder decir que este gobierno –en toda nuestra historia republicana– es el que más ha invertido y por mucho en los cafeteros.

Porque el amor en el gobierno se demuestra con presupuesto, y mi amor por los cafeteros ha sido y es inmenso.

Cuando el precio interno estuvo nuevamente por el suelo y no se había recuperado aún la producción, les tendimos de nuevo la mano a los cafeteros con un apoyo directo por 1,3 billones de pesos, a través de la Protección del Ingreso Cafetero.

En total, mi gobierno ha invertido más de 2,7 billones en el sector, a los que se adicionan cerca de 3,5 billones de pesos de créditos de Finagro para más de 500 mil proyectos cafeteros. Eso es como darle un crédito a cada caficultor…

Cómo me alegra que voy a terminar mi Presidencia en uno de los mejores momentos de la caficultura.

De un sector cafetero que vivía en una crisis profunda en el 2010, pasamos a vivir una nueva primavera con niveles de producción e ingresos record.

Pero todo esto se debe también al trabajo de ustedes, de la Federación, del Comité Nacional, de los comités departamentales y municipales, y de todos los caficultores del país.

Y aprovecho, por cierto, para felicitar al Comité de Cafeteros de Caldas por sus 90 años. Sus grandes protagonistas han sido mis grandes profesores. Cuánto me enseñaron, aparte de don Arturo Gómez, personajes como Leonidas Londoño, Hernán Jaramillo, Hernán Uribe o Jaime Restrepo.

El año pasado firmamos un nuevo contrato de administración del Fondo Nacional del Café, para renovar la alianza entre el gobierno y los cafeteros por 10 años más. Qué bueno haber podido dejarle este otro legado a la Federación.

Ahora bien, sin duda quedan muchos retos por delante. El mayor es el cambio climático. Es el riesgo más grande que tienen hacia el futuro los cafeteros de Colombia… y la humanidad.

Amigos cafeteros:

Debemos seguir trabajando en la renovación para ser más competitivos y sostenibles. Es lo que nos permitirá ser una caficultura viable.

Por eso tomamos con el ministro de Hacienda una decisión muy importante: vamos a dejar garantizada, a través de vigencias futuras, la financiación para renovar 100 mil hectáreas por año, hasta el 2024 –es decir, por los próximos seis años–.

Con esto también se producirán 3 millones de sacos más, cumpliendo así el 75 por ciento de la nueva meta, que nos pusimos en el Foro Mundial de Productores de Café, de aumentar en 4 millones de sacos la producción colombiana.

Y también debemos seguir sembrando paz con cada grano de café, porque el café debe ser el cultivo de la paz.

Por eso nos alegró la buena noticia de que Nespresso va a destinar 50 millones de dólares adicionales para fortalecer la industria cafetera en áreas donde la producción se había perdido por el conflicto armado.

Ayer mismo, la Alta Consejería para el Posconflicto y la Federación de Cafeteros firmaron una carta de intención que prepara el camino hacia la firma de un convenio marco, para hacer que cientos de familias que viven en zonas cafeteras sustituyan los cultivos de coca por cultivos de café.

Esa labor se va a llevar a cabo con familias del Programa Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito, con recursos del Fondo Colombia en Paz y ojalá también con recursos de la Federación –que va a brindar asistencia técnica en todo el proceso–.

Vamos a empezar un primer proyecto en Briceño, Antioquia –también de la mano de la Gobernación y del sector privado–, para que 500 familias siembren mil hectáreas de café.

Esta alianza era fundamental porque no sería lógico hacer una apuesta de este tipo sin ustedes que son, precisamente, los que saben del café en el país.

Con estos programas se aumentará el área cultivada para agregar 1 millón de sacos adicionales a la producción cafetera del país.

Sumados a los 3 millones por vía de la renovación que mencioné anteriormente, Colombia quedará produciendo 18 millones de sacos de café.

Si ustedes revisan mis palabras al comienzo del gobierno, cuando apenas estábamos produciendo 7 millones de sacos, constatarán que ese era –como el de la paz, el del millón y medio de viviendas o la revolución de la infraestructura– otro sueño inalcanzable en el que nadie creía, pero que con el esfuerzo de ustedes estamos volviendo también realidad.

Además, me alegra confirmar que la institucionalidad cafetera –que, me consta, es garantía de eficiencia en la ejecución y de transparencia– va a hacer otro aporte sustancial a la paz en las regiones, a través de la construcción de vías terciarias.

Tenemos 1,4 billones de pesos para construir esas vías que necesitan los cafeteros, los agricultores y las comunidades.

También ayer mismo expedí un decreto muy importante –el 2039 del 6 de diciembre– que permite a entidades como la Federación Nacional de Cafeteros, participar y apoyar la ejecución de las obras de transporte que se aprueben en el OCAD PAZ.

En las próximas semanas vamos a llevar para aprobación los primeros proyectos que ya la Federación ha ayudado a estructurar, en especial para Caldas, Quindío, Risaralda y Valle.

¡Esas noticias son las que necesitamos en Colombia! El país merece ver que donde antes se sembraba guerra, ahora se siembra café y se construyen vías para la paz.

Soy el primero en reconocer que hemos tenido dificultades, que seguramente hemos cometido errores. Pero los avances son también innegables.

Por eso, creo que –contrario a lo que algunos pregoneros del desastre se empeñan en decir– hay razones para el optimismo.

El pesimismo paraliza, llama a la resignación. Ese es el más peligroso enemigo del progreso y de la construcción de una sociedad mejor.

Yo los invito a que miren el presente y el futuro con optimismo. A que miren los grandes desafíos que enfrentaron y que superaron con éxito.

Los invito a que con el mismo talante y la misma fortaleza, sigamos avanzando en beneficio de la caficultura, de los cafeteros y de Colombia.

Esa es la tarea de todo gobernante: tomar la posta y llevarla más adelante. Construir sobre lo construido. Eso hemos hecho en estos 7 años y medio.

Y eso es lo que seguiremos haciendo –con dedicación, con convicción, con transparencia– hasta el último día de gobierno.

Por eso, apreciados amigos del Congreso Cafetero, en mi último congreso como servidor público después de 45 años –el primero al que asistí fue en 1972, siendo el caldense Hernando Galindo secretario general, no tan bonito como María Aparicio– puedo decir que la vida ha sido muy buena conmigo.

Me premió con hacer parte de esta gran familia cafetera, con trabajar de la mano de la agremiación más grande e importante del país.

Me premió al permitirme conocer el valor de la tierra y de nuestro producto insignia.

Me premió dejándome conocer la capacidad de superación y el sentido de pertenencia del caficultor.

No me premió con ser cafetero, pero me enseñó a querer todo lo que simboliza y representa Juan Valdéz.

Definitivamente la vida me ha puesto donde he debido estar: al lado del café y de los cafeteros. Y ahí siempre estaré.

Adiós y muchas gracias».

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