Musicoterapia empodera a comunidades indígenas

Ello se evidenció en un proceso de intervención con la comunidad indígena Jitnu, víctima del conflicto armado del barrio  Bello Horizonte, de Arauca.

La musicoterapia comunitaria propicia el diálogo intercultural e intergeneracional y contribuye a la apropiación del saber popular.

Estas fueron las conclusiones del trabajo adelantado por Luis Alejandro Martínez Durán, magíster en Musicoterapia de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien buscaba aplicar una propuesta comunitaria que fortaleciera el empoderamiento de esta población indígena en los aspectos culturales y personales.

La comunidad Jitnu, asentada en jurisdicción del municipio de Arauca, está constituida por más de 550 habitantes que pertenecen a una etnia única en el mundo, que corre un altísimo riesgo de extinción física y cultural, además de haberse visto expuesta al cultivo de coca.

Según el investigador, la musicoterapia comunitaria ha incorporado estudios ecológicos y antropológicos que permiten entender qué es la comunidad y la cultura. Desde ahí, él plantea un modelo de participación activa intergeneracional que define como “musicar comunitario”, espacio en el que se reúne la población a hacer música propiciando reflexiones y catarsis.

Con este propósito, desarrolló 20 sesiones en las que reunió a cerca de 50 personas entre mujeres, hombres y niños, que en un principio se realizaron en casas culturales o parques, con la intención de propiciar una relación con la población campesina de Arauca.

En estos espacios participaron profesionales de diferentes disciplinas, como una médica, con quien se reflexionó sobre las relaciones mediadas por la violencia de género; con una trabajadora social se reconoció la importancia del afecto y el amor en la crianza; con un pintor se habló sobre la importancia de la disciplina, la concentración, la solidaridad y el arraigo; y con una estudiante venezolana sobre la importancia del silencio, de escuchar, de cuidarnos y de cuidar los instrumentos, entre otra actividades.

“Esa fue una primera faceta de exploración sobre cómo se podía traer ese relacionamiento y de cómo ellos también se podían conectar, porque en este municipio el racismo se vive muy fuertemente por la discriminación de los criollos hacia los nativos”, explicó el investigador, quien después enfocaría las sesiones en lugares cercanos a uno de los indígenas de la comunidad, que se convirtió en su aliado y contacto.

A partir de ese momento las sesiones empezaban con un partido de fútbol y preparando el maguain (chicha de maíz y plátano), dos factores que permitieron convertir la actividad en una “reunión familiar”, cuando el investigador consiguió entrar en la comunidad.

Música para recordar

Según explica el investigador, la musicoterapia comunitaria presenta el “musicar” como una posibilidad de empoderamiento que busca generar una expresión intuitiva para desplegar comportamientos y narrativas a través del diálogo, que aceleran la creación de redes sociales, la recreación de la cultura popular y fortalecen el autoconcepto y la autoestima de la comunidad y sus participantes.

El desarrollo de estos valores dentro de la población jitnu se siguió por medio de la microgenética, “una metodología de investigación que se toma de la biología, de los estudios de ecosistemas, que plantea que un ecosistema es tan cambiante como la cultura y la comunidad”, comenta el magíster.

Para este fin se elaboran formatos de planeación y protocolo de observación, además de llevar un diario de campo intensivo que consideraba la subjetividad del musicoterapeuta y el uso del lenguaje audiovisual como metodología participativa para integrar a quienes no quisieran hacer música.

Entre los hallazgos importantes, el investigador resalta el proceso de aceptación intergeneracional por los gustos musicales. Mientras que los adultos preferían música popular –como cumbias clásicas y vallenato–, entre las nuevas generaciones se ha arraigado un gusto por géneros como el reggaeton, y entre los ancianos se recordaban las canciones tradicionales.

“Hicimos un ejercicio de tolerancia porque al principio los adultos no toleraban el reggaeton y los chicos no toleraban nada que tuviera que ver con la tradición, y entonces se retiraban del espacio. También hicimos ejercicios para explorar la diversidad musical que tiene el mundo. Cuando se empezó a configurar como una reunión familiar empezó a percibirse más tolerancia, a escucharse la diversidad”, recuerda el investigador.

Estas interacciones permitieron llegar a espacios importantes en los que la abuela de la comunidad empezó a recordar los cantos de los sabedores, conocidos como misnetnu, personajes fundamentales en la cultura jitnu que se perdieron con la desaparición de gran parte de la población por causa de una epidemia, a mediados del siglo pasado.

“La única que había vivido estos momentos de compartir con el misnetnu había sido la abuela. En las últimas sesiones ella empieza a recordar y a interpretar estos cantos; este momento derivó en ejercicios de expropiación con los niños y jóvenes, con quienes se transcribieron los cantos” menciona el magíster.

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.