Estos fueron parte de los hallazgos de la investigación de Santiago Alfonso Valencia Rico, magíster en Antropología de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

Espíritus que toman posesión de los cuerpos, temor a afrontar castigos, asuntos de linaje o convicción de que llegó la hora de morir, son algunas de las razones por las que los indígenas del pueblo Ikʉ, de Yo’sagaka, en la Sierra Nevada de Santa Marta, deciden quitarse la vida.

Todas estas explicaciones sobre el “ahorco”, como llama este pueblo al suicidio, son asociadas a lo que localmente denominan “la flojera”, una suerte de símbolo y síntoma de la desestructuración religiosa, individual y familiar, en un contexto tradicionalmente rígido y vertical, y que es ocasionada especialmente por el contacto –cada vez mayor– con otros habitantes de la zona, a pesar de la capacidad de conservación y resistencia.

Valencia Rico,  tras un trabajo de campo etnográfico, entre septiembre y diciembre de 2019, analizó la comprensión de la muerte por mano propia que tienen los Ikʉs de la región de Yo’sagaka.

Aunque en la estadía del investigador no se recogieron datos cuantitativos, por el tamaño de la región y la escasez de recursos económicos, el estudio cuenta con algunos testimonios de la población, como el de Lilia, quien calcula que en los últimos 37 años, desde que su padre, don Rafael Rodríguez, se quitó la vida, unas 12 personas han tomado la misma decisión.

“Allá llegó la ciencia y la religión occidental, por lo que parte de los elementos ancestrales de su religión, como el mamo (líder del pueblo), han venido perdiendo su lugar en lo religioso y lo político. Esa desestructuración tiene a un pueblo –caracterizado por ser fuerte y religioso– en grandes dificultades, pues la conquista parece no haber terminado”, señala el investigador.

La creciente colonización religiosa occidental en municipios y veredas muy pequeñas aledañas a la zona influye en los conflictos de su religión, sumado a la pérdida de fuerza de rituales muy importantes, como el de pagamento u ofrenda, en parte por las conflictivas relaciones entre las comunidades y el Estado, y por los problemas de tenencia del territorio.

Durante cuatro meses el investigador convivió con la comunidad siguiendo las reglas y limitaciones que le impartían, una experiencia que le permitió entender un poco más cuál es para este pueblo el sentido de la vida, de la muerte y aquello por lo que vale vivir o morir.

El desequilibrio del ahorcamiento

Cuando un miembro del pueblo muere en condiciones “naturales” o normales, es enterrado sentado boca arriba, en una posa, con el fin de que su alma realice su viaje hasta el pico de la Sierra (conocido como el pico Colón). No obstante, cuando deciden morir a mano propia, el método de enterramiento cambia: son ubicados boca abajo para que el alma pueda salir por el ano.

Según el investigador, cuando uno de ellos se “ahorca” tiene una connotación negativa, que genera dificultades familiares y sociales, por lo que estas malas muertes o formas inadecuadas de morir, ya sea por suicidio u homicidio, requieren tratamientos rituales específicos, pues generan un desequilibrio y energías negativas que quedan en la vida de sus familias por el resto de su vida.

Faltan registros

En el Boletín anual sobre muertes violentas 2018, del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, en la clasificación de factores de vulnerabilidad de las personas que se quitan la vida solo se incluye el ítem “grupos étnicos”, en el que se reportaron 47 casos asociados con indígenas.

Por otro lado, según el Informe especializado en suicidio indígena (adolescentes) realizado por la misma entidad, se da un reporte nacional de 62 casos para 5 años (2010-2014), es decir 12 casos por año para 108 pueblos indígenas existentes en el territorio colombiano.

Sin embargo, según estudios cualitativos y antropológicos, los pueblos indígenas mantienen tasas crecientes de hasta 500 suicidios por cada 100.000 habitantes.

Según el investigador, la falta de registros precisos de estos casos agrava más la situación, pues los pocos suicidios que alcanzan a ser reportados no cuentan con una discriminación detallada, como pueblos, resguardos o autopsias psicológicas.

No obstante, aclara que no es un problema sencillo de afrontar, ya que los pueblos no siempre están dispuestos a entregar la información para ampliar ese banco de datos, en parte por el uso que históricamente el Estado ha hecho de la información obtenida en la Sierra Nevada de Santa Marta.

“La principal y única recomendación es entender que somos los menores y ellos los mayores, comprender que estos pueblos son los cuidadores del universo, por lo que se debe respetar su sistema político, su educación, su religión y su salud”, destaca el investigador.