Uno de los hechos más destacados luego de la erupción del volcán nevado del Ruiz,  fue la visita del Papa Juan Pablo II  a la región devastada por el  fenómeno natural y quien lloró al ver la magnitud de la tragedia, ocurrida hace 35 años.

En la emotividad de la visita  se vieron hechos muy curiosos desde el  conductor  que rompió  el protocolo, el presentador que dejo sola la tarima, los soldados escondidos entre cafetales, son entre otras las historias de su visita  hace 34 años a Chinchiná, en Caldas, el 5 de julio de 1986.

Los más católicos recuerdan  hoy la última visita de un sumo pontífice  al país, Juan Pablo II, quien  el primero de julio de 1.986, inicio un recorrido por  10  poblaciones, incluidas  Armero y Chinchiná,  localidades  afectadas por la tragedia del  volcán nevado del Ruiz.

La visita  llamada “los siete  días blancos de Colombia” en el caso de Chinchiná, población del centro de Caldas, está llena de anécdotas y situaciones curiosas, relacionadas con el estrés que genera organizar  el recibimiento al máximo  jerarca de la Iglesia Católica, desde garantizar las condiciones de seguridad, hasta  probar el agua  o los alimentos que recibiría y traer de afán las flores que se utilizaron en otro de los actos en Bogotá.

Seis meses de organización para una  visita relámpago de 45 minutos, en el caso de la población cafetera, devastada por el fenómeno  vulcanológico y sumida  en el dolor  y la tristeza por la  muerte de 1.000 personas seis meses atrás. Visita que se organizó en medio de la pobreza y la falta de recursos de la administración municipal. El vaticano y el  gobierno decidieron incluir las zonas afectadas por la erupción del aparato volcánico.

Ese cinco  de julio, el prelado leyó un discurso lleno de emotividad  llamado “oración en sufragio por los habitantes  de Chinchiná”, de  tres páginas  y  15 párrafos, en los que  destacó la religiosidad de los caldenses, hablo del  café y el arraigo a la tierra,  y convoco a las  autoridades a una mayor y mejor  vigilancia del Ruiz. Bien  informado, hablo de Manizales, de la que dijo está bien colocada sobre las montañas y es ejemplo de valores. No falto la repartición del rosario del vaticano a los más cercanos.

El entonces alcalde de la  localidad, Eduardo González Montoya, admite que no fue una tarea fácil, una valoración y seguimiento de integrantes de los servicios de inteligencia, cerca de cuatro meses a los  funcionarios que estarían  cerca del pontífice, incluido él, de lo que se dio cuenta años después, así  como un permanente recorrido de los  templos,  parques  y sitios públicos. Más de dos mil soldados subidos en bancas, se ubicaron en los  cultivos de café aledaños a la tarima principal dispuesta para los actos centrales.

A su llegada, el sumo pontífice con la  humildad que lo caracterizaba se colocó  un sombrero aguadeño y un carriel, regalo de los campesinos,  además de recibir un grano de café en oro. Escoger a Chinchiná fue una sorpresa y un reconocimiento histórico, se ubicó a una distancia considerable del helicóptero que lo traslado de Pereira, un recorrido de un  kilómetro hasta la fábrica de Café Liofilizado, sitio donde era el acto central. El estrés y la ansiedad  por los resultados de la visita no dejaron dormir bien al mandatario días antes.

No fue  tampoco fácil para el conductor  de la alcaldía, Libaniel Cañas García, quien lo fue además del papamóvil, luego de una selección entre cuatro candidatos. Una camioneta acondicionada, la que condujo  después de una preparación de cuatro meses y la vigilancia permanente de oficiales de la  policía. Este hombre en ese entonces con 29 años, lucio  en la fecha  su mejor traje como lo requirieron  desde el vaticano.

El mayor nerviosismo trasladarlo dos kilómetros; del helipuerto a la tarima, su mayor error; apenas lo vio corrió hacia él se arrodillo y le pidió  la bendición; rompió el protocolo, de inmediato recibió el regaño de los encargados de la seguridad,  fue un susto mayor para todos, de regreso  al carro inicio el recorrido  de 30 minutos, lento, para facilitar el  saludo a la gente. 10 hombres a pie rodeaban el vehículo, un segundo anillo a corta distancia cerca de 100 efectivos policiales y militares, en total cerca de 4.000, en todo el esquema de seguridad.

Para el vicario de la arquidiócesis de Manizales, sacerdote, Efraín Castaño, la visita fue alegre y llena de recuerdos, para la fecha director de comunicación, como buen locutor de radio le correspondió con su homólogo, Rodrigo López la tarea de ser los presentadores del certamen oficial  del sumo pontífice. Los gritos de bienvenido, los cantos y rezos eran permanentes, debíamos ser fuertes y animosos, lo que nos  fue fácil por la emoción que  teníamos; “Juan Pablo II, el pueblo aquí te quiere”,  gritaban los feligreses.

Además de necesaria, la  visita estaba cargada de un mensaje  de solidaridad, además de político por los recientes  hechos de la toma del palacio de justicia, era  un país  convulsionado y herido. En los diálogos  informales el Papa dijo que era  peregrino de la paz, como polaco, fuerte en su mensaje, pero tierno y cálido  como sacerdote. Trajo una donación del llamado Óbolo de San Pedro, que recoge las limosnas que hacen los católicos del mundo cada año, el monto nunca se conoció y fue destinado a los damnificados.  l

Según el sacerdote Castaño, la presentación  decía tenemos la voz del vicario de Cristo, del sucesor de Pedro,  La voz del evangelio: escuchémoslo, la intervención del Papa de 15 minutos, fue emotiva y en un español  muy entendible, concluida el padre Rodrigo presentador principal dejo la tarima se aventó a saludarlo,” me quede solo y me fue imposible seguir hablando”.

Quienes lo acompañaban dentro del helicóptero a su llegada a la zona,  al observar la magnitud de la tragedia,  lo vieron triste y llorando, y decía no entender porque ocurrió, era  la  visión de un Papa, el segundo en venir a Colombia después de Pablo VI, primero en la región y él que hoy se recuerda, al evocar el día trágico de la erupción del volcán del Ruiz.