Con el anuncio de extender el aislamiento, un grupo inconforme es el de los mayores de 60 años, señalados como “abuelitios”, “viejos”, o quizás el más discriminatorio “los de la tercera edad”.

Alejandro Barrera Escobar – Docente / Universidad de Manizales

 

Según los censos de población, en Colombia en 1985 solamente el 6,11% de la población tenía más de 60 años y para 2018 este porcentaje asciende al 13,27%; en Caldas la proporción de personas mayores de 60 años pasa de 6,4% en 1985 a 17,97% del total de la población en 2018.

Es imposible no pensar diariamente en esta coyuntura Covid-19. Absolutamente toda nuestra cotidianidad está constantemente contaminada por esta locura social, en donde los diversos sentimientos de la humanidad se despiertan con fuerza: compasión, tristeza, comprensión, impotencia, solidaridad, depresión, unión familiar, soledad, acompañamiento, miedo, entre muchas otras. Cada día es un nuevo comienzo de la nueva cotidianidad, entre rabias y alivios de quedarse en casa en una cuarentena que parece ser un nueva era, así sea de forma temporal.

 Esta cuarentena fue la principal medida de choque que decidieron los gobernantes para enfrentar una pandemia (acciones unidimensionales a un problema multidimensional), buscando contener la propagación del virus y persiguiendo el famoso aplanamiento de una curva de contagios, pero que a su vez creó nuevas curvas, como la de los desempleados o negocios quebrados, y el inconformismo de algunos grupos de población por el encierro forzado pensado desde ideales de protección a la vida humana.

 Esta semana, con los nuevos anuncios presidenciales y municipales, un grupo que gradualmente se está haciendo sentir por su inconformismo con las medidas son las personas mayores de 60 años, señalados de “abuelitios”, “viejos”, “personas mayores” o, quizás el más discriminatorio “los de la tercera edad”.

Su condición de vulnerabilidad se sustenta por las cifras. Según el Instituto Nacional de Salud-INS, se evidencia que el 90,8% de los casos confirmados por Covid-19 se concentra en las personas entre los 0-59 años de edad, grupo que también tiene el 84,2% de los casos recuperados; mientras las personas entre 60-99 años de edad participan con el 9,2% de los casos confirmados, el 15,8% de los recuperados y el 74,1% de los fallecidos.

Si llevamos estas cifras a tasas de letalidad (fallecidos/confirmados por 1.000), se muestra tasas de menos 10 en la población menor a 40 años, sube a rangos entre 20 a 40 para los grupos entre 40-59 años y el ascenso es exponencial en los mayores de 60 años: 129,8 personas fallecidas por cada 1.000 confirmados entre 60-69 años, 232,8 entre 70-79 años, 307 entre 80-89 años y 403,5 entre 90-99 años de edad, lo que se traduce en probabilidades de muerte bastante más altas para las personas mayores de 60 años por Covid-19, cifras que sorprenden pero que son acordes a los patrones demográficos de mortalidad de cualquier sociedad, es una segmentación que denomina Welti (1997) como “mortalidad diferencial”, donde se espera: una mayor incidencia de muerte de los hombres frente a las mujeres y un patrón definido por mayores niveles de mortalidad en los primeros años de vida, un descenso posterior, y un gradual aumento a medida del envejecimiento.

Primera reflexión de naturaleza demográfica sobre la pandemia.

 Este hecho también nos puede llevar a plantear que las personas de riesgo (letalidad – SALUD) del Covid-19 son el grupo de población económicamente inactiva (PEI), por lo cual, el confinamiento social generalizado, que resiente la actividad económica, pone en riesgo (ingresos – ECONOMÍA) a la población económicamente activa (PEA) que tienen menor impacto o con menor riesgo de complicación del estado de salud. Una segunda reflexión sobre la viabilidad económica de la cuarentena.

Pero surge una inquietud, ¿qué tan cierto es que esta población mayor no participa en la actividad económica? Según la GEIH del DANE, se muestra que a 2019 son 5.744 personas mayores de 65 años que participan como ocupados en el mercado laboral de Manizales AM (3.912 hombres y 1.832 mujeres), es decir, el 3% de los ocupados, con promedios salariales por debajo de los $800 mil pesos colombianos, donde el 34,3% trabaja en el sector de comercio y reparación, seguido del 14,4% en actividades artísticas y de entretenimiento, 9,8% en transporte, 9,6% en servicios profesionales, científicos, técnicos y administrativos, 9,5% en industria, 6,3% en alojamiento y servicios de comida, 5% en construcción, 3,5% en sector público, educación y salud, 3,1% en agricultura, 2,9% en actividades inmobiliarias, 1% en información y comunicaciones y 0,5% en el sector financiero. Una tercera reflexión sobre la consideración de esta población como inactiva en el mercado.

Estas cifras me llevan a repensar la vejez. Cuando se consulta en la Real Academia Española-RAE la palabra vejez se define como: (i) cualidad de viejo, (ii) edad senil, senectud; (iii) achaques, manías, actitudes propias de la edad de los viejos; y (iv) dicho o narración de algo muy sabido y vulgar, y al buscar dentro de dichas definiciones encuentra con otras asociadas como “edad avanzada”, “deslucido, estropeado por el uso”, “usado o de segunda mano”, “decadencia física”, “que sabe o entiende mucho”.

Desde los usos lingüísticos, ser viejo quizás llevo a que los usos estadísticos también los consideren a dicha población como no apta para trabajar, lo cual, desconoce los procesos de transición demográfica de las sociedades. Solamente en Caldas, por estimación propia con base en estadísticas vitales, en 2018 la esperanza de vida al nacer era de 76,68 años, que representa un avance de 4,20 años frente a la esperanza de vida al nacer en 2008, que era de 72,48 años. Según género, los hombres registran una esperanza de vida al nacer de 74,64 años y las mujeres de 78,63 años.

Esto significa una brecha de cerca de 20 años para las mujeres y más de 10 años para los hombres desde su edad de pensión, invitándolos a una o dos décadas de inactividad y, en esta coyuntura, de encierro en paredes de cemento esperando el pago de una pensión, si es que lograron acceder a una. Una cuarta reflexión sería que definitivamente el Covid-19, adicional a despertar tantos sentimientos, debería inspirarnos en nuevos idearios de sociedad.

 Alejandro Barrera Escobar – Docente / Universidad de Manizales

Economista y Magíster en Economía y Finanzas